Mi cuerpo en diagonal se retuerce sobre el futón, el único mueble protagonista de esta habitación pintada de un vivo ocre, mientras los pájaros chillan como si fueran a iniciar una revolución contra el mundo.
Mi mirada da una vuelta por este cuartito e inspirada por esta banda sonora natural, caigo directa en un recuerdo, lejano y vivo. Cierro los ojos y de nuevo estoy en Chiapas, tumbada, escuchando los pájaros y los monos aulladores. Sonrío y vuelvo a este día, a esta mañana de mayo en Barcelona.
Anoche no tuve ganas de abrir el futón del todo, y busqué una postura cómoda, pero sin darle importancia a mi descanso, como si estuviera de paso. Lo que nunca olvido es dejar las ventanas abiertas de par en par, aunque haga frío, aunque la luz me quite el sueño a la mañana.
El minimalismo de mi habitación encierra motivos que ni yo misma abarco. Simplemente me siento cómoda entre paredes inmaculadas, sin cuadros o posters que me recuerden cómo soy o qué me gusta, sin fotos que indiquen de dónde vengo, o a dónde fui. Este es un espacio virgen, al que he liberado y no he vestido con retales de mí misma.
Con estos pensamientos me levanté, por fin, en el momento en que los pájaros se calmaban. Descalza fui a la cocina, y fregué un chacharro para calentar leche, y hacer un café.
Ya me acostumbré a no tener microondas. Ahora me parece un lujo, al igual que otros fantásticos inventos del siglo pasado. En esta casa hemos retrocedido algunas décadas en cuanto a confort, pero hemos ganado o potenciado otros valores...
Ya con mi café, voy a la terracilla, y veo que mi compi de piso, ha tendido mi ropa, que llevaba dos días en la lavadora, y 3 lavados consecutivos por mi falta de sentido de maruja. Y me siento algo culpable de no tener esa faceta, de no darle nunca importancia a las cosas cotidianas, como hacer la comida, planchar, o limpiar.
Nunca cocino, raras veces plancho, y no limpio con naturalidad, sino con rabia. Por eso siempre que lo hago lo adorno con música. Puse Ben Harper, y me senté en el sofá. Qué sucio está todo. De nuevo me levanté y regué la plantita de marihuana con agua Viladrau...
El salón está lleno de trastos, de maderas, de muebles por montar, de suciedad. Tiene ese toque cutrechic del que S habla. Es un espacio que nunca estará acabado, nunca. Al igual que el resto del piso. Este es un sitio de paso, como todos lo fueron y serán.
Yo estoy siempre de paso, y ustedes, ¿lo están?