Justamente a mí me tocó ser yo...
El recuerdo de la fiesta fecal celebrada por todo lo alto hace unos días revolotea por la casa cada vez con menos intensidad, dando paso a los efluvios incendiarios provenientes del piso de al lado, aderezados con las paranoias de la vecina grafitera a través de la mirilla.

Fueron días intensos, sí señor. Ya estábamos perfectamente hechas a la idea del lavado matutino en la cocina. Nuestros delicados cabellos se aclaraban, bajo el grifo del fregadero, entre platos de colores. A escasa distancia, y sobre la encimera, posábanse los geles, champús, desodorantes, y demás enseres inútiles, teniendo en cuenta que la fiesta fecal del baño ahogaba cualquier intento de salir del piso oliendo como una persona normal.

Estábamos acostumbradas y pensábamos que nada podía sorprendernos hasta que, de repente una mañana, me levanto, y oh my god!, la visión del lampista putero y sus lamentaciones al grito de "La madre de Dios, ya man dao el día!...¿pero qué es esto joder?, yo soy un lampista, no un comemierda pocero", seguido de un "buenos días, no se preocupe que yo se lo arreglo tó, aunque pa esto no me pagan, pero lo que se empieza, se acaba. Si ya le digo yo, que no había visto cosa igual, en todos los años de lampista putero que llevo".

Salí del piso, y fui a trabajar. La la la...Y al llegar al trabajo y saludar como una persona normal a mis compañeros, sentí la necesidad de compartir este despertar tan grato con mi compañera de piso vía email.

Aquí estamos las dos, ante ustedes, sin tapujos, náufragas...